Durante mucho tiempo pensé que vivir lento significaba de alguna manera vivir menos, vivir sin intensidad, con aburrimiento, con pasividad. Que implicaba incluso cierta mediocridad, poca autoexigencia para lograr “explotar el potencial” de cada uno. Qué equivocada estaba, qué hija del capitalismo era mi mente. Y así vivía corriendo. Literal, corría, caminaba como corriendo, tomaba el café como corriendo, comía mis alimentos rápido, hablaba rápido (aún a veces), actuaba rápido, y lo peor, al ser terapeuta, quería que la gente cambiara rápido.
Y luego estaba mi otro lado, como girar una moneda. Después caía en cierta inactividad necesaria por estar extenuada, miraba el techo o la luna en las noches, disfrutaba el silencio o sentarme a escuchar de verdad la música, escribir poesía o historias, o mi diario, pintar… y ahí, el tiempo se me perdía, me olvidaba de todo. En estos momentos respiraba, llegaba la inspiración, me sacudía la sensación de plenitud, de estar presente, realmente presente.
Pero luego, un fuego interno se volvía a encender, además con un poco de culpa por descansar tal vez más de lo que debería, o incluso crear cosas que no me producían dinero en horas diarias que son dedicadas a producir dinero. Esto en especial me pasó cuando empecé a tener un consultorio independiente y al principio no tenía pacientes para llenar completas las jornadas laborales, y luego, por supuesto, decidí intencionalmente que no quería llenar mi tiempo de agenda con consultas. Así que aún más incómodo era decidir que aunque pudiera ganar el doble de dinero, iba a ganar menos y a tener más tiempo. Y además, tenía el coraje de usar ese tiempo como tiempo libre con actividades artísticas de las cuales no puedo vivir porque aún no se venden. Y cuando me decía mentalmente que tenía ese coraje, no era precisamente como un cumplido, siempre tenía el tono de crítica, de rabia, en realidad no me estaba alabando el coraje, me estaba diciendo “desvergonzada”.
Me di cuenta que elegir vivir una vida fuera del esquema del sistema capitalista y productivo, porque así lo buscaba de manera orgánica mi cuerpo, mi mente, mi ser, aún era asociado por mi como una vida con menos logros, menos ambición, menos vida. Hasta que entendí que estaba equivocada. Hoy quiero hablarte de algo que cambió por completo mi forma de habitar los días: la vida simple y lenta. Y quiero empezar diciéndote lo que NO es.
Vivir lento no es no hacer nada. Al menos no de la forma en que puede que te lo estés imaginando, desde como lo entendemos en el mundo occidental. No es abandonar tus proyectos, ni renunciar a tener una vida en la que se trabaja, se produce o se actúa. No es quedarse sin trabajar por pereza y vivir casi que en la pobreza. Pero cuando encontré por ejemplo el concepto de Wu Wei me pareció que todo cobraba sentido, que esta filosofía antigua me hablaba de verdad.
¿De qué se trata el wu wei?
Alan Watts plantea uque aunuque sea un concepto que se puede traducir como no hacer nada, en realidad significa crecer. Él nos dice que la importante diferencia entre el Tao y la idea usual de Dios es que mientras Dios produce el mundo haciendo (wei), el Tao lo produce “no haciendo” (wu-wei), lo cual es aproximadamente lo que conocemos como “creciendo”. Se trata de la energía que recorre todo el universo, impulso imparable de crecimiento y cambio. Porque el universo natural trabaja principalmente de acuerdo a los principios de crecimiento, se dice que el principio del Tao es la espontaneidad.
Pero la espontaneidad no es por ningún medio una urgencia desordenada o ciega. Así que en realidad, la invitación a pausar la acción, es una invitación a la acción adecuada: permitirse fluir con el movimiento de la vida, sin forzar nada.
Vivir simple y lento no es una estética de Pinterest. Es una forma de reconectar con lo que de verdad quieres construir, a tu propio ritmo, no al ritmo que el mundo te impone. Entonces, ¿de qué se trata vivir simple y lento? Trata del vacío fertil del que puede surgir la acción adecuada.
Nos habla de dirección. Es dejar de vivir reaccionando a lo urgente, y empezar a vivir respondiendo a lo importante. Es la diferencia entre llenar tus días... y elegir tus días. Esto conecta directamente con algo que llamamos esencialismo: no se trata de hacer menos cosas porque sí, sino de identificar cuáles son las pocas cosas que realmente importan, y dejar ir todo lo demás sin culpa. Así favorecemos la acción adecuada, la de crecer libres.
Emma Sánchez

